A 50 años del golpe cívico-militar en Argentina
Hay una historia que algunos insisten en enterrar, y es precisamente esa insistencia la que obliga a revolver el pasado y traer esa historia al presente.
Esta serie de collages analógicos busca dialogar con los cincuenta años transcurridos desde el golpe cívico militar que gobernó la Argentina entre 1976 y 1983. No es una reconstrucción histórica ni un documento. Es un acto de memoria hecho con las manos, en tiempos en que la memoria misma está siendo disputada.
El collage como forma no es casual. Trabajar con papel impreso, con imágenes encontradas, con fragmentos de publicaciones técnicas, manuales, revistas, fotografías es reproducir en el cuerpo del objeto artístico lo que la dictadura hizo con los cuerpos: romperlos, fragmentarlos, desaparecerlos. Las huellas dactilares que recorren estas obras no son solo las huellas de los desaparecidos catalogados por el aparato represor; son también las huellas de quien hace, quien ejecuta.
Las ocho piezas que componen la serie articulan imágenes que pertenecen a distintos tiempos y registros: el uniforme militar sin rostro, el plano técnico como lenguaje del Estado que mide, clasifica y controla, la silueta humana reducida a un icono sin nombre, el ojo que observa pero no puede hablar, la pantalla de televisión que transmite sin mostrar, la mujer sentada esperando con el rostro borrado, los nombres escritos en paredes como la única forma de que algo persista. Todas estas imágenes fueron recortadas y reorganizadas en un nuevo orden que ya no sirve al consumo sino a la pregunta.
La dictadura cívico-militar argentina desapareció a más de treinta mil personas. Las detuvo ilegalmente, las torturó, las mató. Les robó a sus hijos. Arrojó sus cuerpos al mar desde aviones militares. Mientras tanto, los medios de comunicación —cómplices en su silencio o en su propaganda activa— construían la imagen de un país ordenado que avanzaba hacia la gloria. La contradicción brutal entre ese relato y la realidad de lo que ocurría en los centros clandestinos de detención atraviesa estas obras como una fractura estructural: el plano técnico ordenado conviviendo con la mancha, la figura oficial posando junto a la ausencia producto de la desaparición forzada.
Cincuenta años después, esa fractura no se cerró. Se la intenta rellenar con negacionismo, con relativismo, con el vocabulario de la posverdad. Y al mismo tiempo, los algoritmos que organizan la atención colectiva nos devuelven, de manera persistente, imágenes diseñadas para el consumo inmediato, para el deseo rápido, para el olvido sistemático. En ese contexto, hacer collage analógico es también un acto de resistencia epistemológica. Es afirmar que la memoria requiere tiempo, tacto, fricción. Que no se puede comprimir en un feed. Que los muertos merecen algo más que un posteo del 24 de marzo.
Esta serie no pretende explicar la dictadura. Pretende habitarla, en el único sentido posible para quien la vivió como ausencia heredada: a través de las imágenes que dejó, de los materiales que sobrevivieron, de las palabras que todavía duelen cuando se las junta. Desaparecidas. Testimonio. Ausencia. Memoria. Verdad. Justicia. Palabras que en estas obras no ilustran sino que irrumpen, pegadas sobre otras capas de sentido, negándose a ser decorativas.
Porque hay cosas que no se olvidan aunque se las quiera borrar.